El antropólogo Robert Lynch plantea en su último artículo que la tecnología e internet, especialmente las redes sociales, nos han retribalizado.
Durante miles de años, los seres humanos vivieron en pequeñas comunidades donde la supervivencia dependía de la cohesión del grupo. En aldeas como las de los yanomamö en la selva amazónica, no existían policías ni tribunales. Las normas se mantenían mediante la reputación, el chisme público y el temor a la exclusión. Cualquier transgresión —negar comida, insultar o traicionar una promesa— se resolvía en el shabono, el espacio comunal central, delante de todos. La reputación lo era todo: estar dentro del grupo significaba aliados, parejas y protección; quedar fuera equivalía a vulnerabilidad extrema.
Un conflicto típico, como el que describió el antropólogo Napoleon Chagnon, muestra esta dinámica: dos hombres se enfrentaban públicamente con garrotes, lanzando insultos ante la tribu entera. El objetivo no era solo resolver la disputa, sino demostrar lealtad y fuerza delante de testigos. Sin público, el enfrentamiento perdía sentido.
Esta presión hacia la conformidad está profundamente arraigada en nuestra psicología. Cuando nos sentimos observados o en riesgo de rechazo, tendemos a alinearnos y a castigar a quien se desvía. Durante la mayor parte de la historia humana, así fue la vida.
Del anonimato a la aldea global
Con el crecimiento de las sociedades —de bandas de decenas de personas a naciones de millones—, esos mecanismos de control se debilitaron. Surgió el anonimato, la movilidad geográfica y la posibilidad de moverse entre círculos sociales que no se solapaban. En Estados Unidos, uno de los países más móviles del mundo, el siglo XX se convirtió en una era dorada para los disidentes y herejes. La Constitución, con su énfasis en limitar tanto la tiranía política como la social (como advirtió James Madison en el Federalista nº 10), contribuyó a crear espacio para el disentimiento.
Pero la naturaleza humana no cambió. Cuando la tecnología restauró la arquitectura social de nuestros ancestros, volvieron los instintos tribales. Marshall McLuhan lo vio venir: “un mundo electrónico retribaliza al hombre”. Internet ha recreado la vida de la aldea, pero a escala planetaria.
Hoy, la aprobación social es medible en likes, shares y followers. Los conflictos se convierten en espectáculos públicos. Todo queda registrado para siempre. Un comentario sacado de contexto, dicho hace años, puede ser desenterrado y juzgado por una audiencia global que no conoce al emisor. En la aldea antigua, el castigo reputacional era local y escapable. En la nueva, es global y permanente.
McLuhan hablaba del “pueblo global”. En realidad, se ha convertido en un panóptico universal: “Todos nos observamos mutuamente, todo el tiempo”. Nunca estás solo charlando con un amigo; estás actuando ante amigos, enemigos y extraños.
El peor momento posible
Esta retribalización llegó en el momento más vulnerable. A finales del siglo XX, la vida offline ya había empezado a fragmentar las sociedades: vecindarios, iglesias, sindicatos y familias extendidas perdieron fuerza. El “capital social de puente” —lazos que cruzan diferencias de clase, religión o ideología— se debilitó. La necesidad humana de pertenencia no desapareció; simplemente encontró nuevos cauces en la fusión de identidad, donde los límites entre el yo y el grupo se disuelven.
Internet aceleró este proceso. La polarización partidista aumentó drásticamente entre 1994 y 2017. Los extremos se fortalecieron, el centro se vació y la conformidad dentro de cada tribu se endureció. Primero con la ortodoxia moral del “woke” alrededor de 2014, luego con las reacciones contrarias. La política y la identidad pasaron a cargar con el peso que antes llevaban la fe, la amistad y el sentido de la vida: un peso que no pueden soportar.
El resultado es paradójico. Ofrecemos conexión constante sin verdadera compañía. Monetizamos la soledad ajena. Convertimos las interacciones en ejercicios de branding personal, hasta que la máscara empieza a comerse la cara.
Donald Trump demostró entender intuitivamente esta nueva realidad tras un tenso encuentro con Volodymyr Zelensky: “Esto va a ser una gran televisión”. En el shabono digital global, nada importa si no se representa ante una audiencia. Si nadie lo ve, no ocurrió.
Vivir en la aldea planetaria
Internet no nos ha hecho menos tribales; nos ha devuelto a la aldea ancestral con megáfonos y memoria eterna. Ha revitalizado nuestros instintos más antiguos —conformidad, vigilancia y castigo colectivo— en un entorno de anonimato moderno y escala masiva.
Entender esta retribalización es el primer paso para navegarla. La pregunta que queda abierta es si podemos recuperar espacios para la disidencia genuina, el debate honesto y la pertenencia que no exija uniformidad total. O si, por el contrario, seguiremos representando nuestros conflictos en el centro del shabono digital, garrote en mano, ante una audiencia que nunca deja de mirar.



















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